miércoles, 8 de julio de 2015

Un cuarto de siglo se merece...

 
 
 
Era muy pequeña, tenía  solo seis años cuando mi madre, tumbadas en la cama me contó que en su tripa, estaba mi hermana. No era una situación de cuento de hadas, ni de esas calificadas "perfectas" pero es que siempre he pensado que en la imperfección está la perfección y a mí, lo único que me importó es que esa hermana con la que tanto había dado la lata, ¡ya era una realidad! 
 
Los meses siguientes me los pasé recordándole a mi madre cada día por teléfono (sí, durante 8 largos años vivimos viéndonos solo los fines de semana por cuestiones laborales) que cuando caminase por las angostas y empedradas calles de Toledo, si pasaba un coche, protegiese la tripa metiéndola en un portal... Las risas eran inevitables, parece ser que el pobre culete de mi madre no corría tanto riesgo a mi ver, yo sabía que lo importante era cuidar esa cosita que había en la tripa de mamá. 
 
Cuando el médico le dijo a mi madre que los viajes Toledo-Asturias y viceversa, cada fin de semana eran demasiado para su sufridas piernas de embarazada, tuvo que adelantar la baja de maternidad (de aquella, era así) Yo era feliz por partida doble, mamá estaba en casa y además podía compartir el disfrutar de aquella tripa a la que me gustaba hablar, escuchar, acariciar y toquetear por las noches para ver como se movía. 
 
Y de pronto, un día... ¡llegó ella! Por aquel entonces, los niños no podían subir al hospital a maternidad pero recuerdo como mi abuela esperó conmigo en frente a la ventana, comiendo melocotones, mientras mi madre tras el cristal se asomaba un poquito. Ví una mantita blanca inmaculada y un puntito color carne en el centro... ¡estaban en un séptimo por lo menos! Pero aquello era suficiente para saber que el amor de mi vida, había llegado, estaba allí y por fin, mi sueño se había cumplido. 
 
Dicen que el día que les dieron el alta, yo era el espectáculo en la sala de espera por mi cara de felicidad mientras la sostenía en brazos y examinaba cada centímetro de su pequeñito cuerpo con devoción y amor, ese que a día de hoy sigue siendo el mayor de mi vida. 
 
Hoy mi pequeñaja cumple 25 años... ¡un cuarto de siglo! Y aunque se que ya es toda una mujer, para mí siempre será mi pequeñaja. ¡Feliz Cuarto de Siglo!
 

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